Por: Jaime Martínez Veloz
“En aquel trayecto por la carretera del Pacífico, Colosio hablaba con la mirada puesta en el horizonte. Lo que estaba en juego no era solo su destino político, sino el alma democrática de México.”
I. La Llamada: Carros Prestados y Discreción Total
La llamada me llegó una tarde de octubre de 1993 mientras regresaba de la colonia El Pípila en Tijuana. Era Mario Luis Fuentes. Viajaba con Luis Donaldo Colosio rumbo a Ensenada, pero el aeropuerto estaba cerrado por mal tiempo. “¿Qué carros tienes allá?”, preguntó. Le respondí que teníamos cuatro Vochos y un Tsuru. Rió con ironía y me dijo: “No la chingues… renta algo más decente.” Así que salí con una Suburban rentada, sin avisarle a nadie.
II. Comida China y El Camino Hacia el Diálogo
Los recogí dentro del aeropuerto, pero ya había varios “colados” esperando. Subieron Colosio y Mario Luis, pasamos por Zona Río, y al pasar frente a las oficinas de SEDESOL, Colosio me dijo: “Voy a volver. Quiero saludar a los compañeros. Se la han rifado bonito.”
Ya era de noche. Se le antojó comida china en el Dragón del Río. Tras la cena, salimos hacia Ensenada. Y fue en esa franja de carretera donde emergió una conversación profunda y luminosa.
III. “No Confíes en la Cúpula”: Política y Lealtades
—“No confíes en la cúpula priísta de Baja California,” me dijo Colosio. “La base es otra cosa, pero cohesionarla no es un asunto menor.”
Ahí se abrió un diálogo sobre Baja California, el país y Solidaridad. Le conté sobre las tres fases que habíamos vivido con el PAN desde 1989: primero, desconfianza; luego, colaboración; finalmente, confrontación.
Hablamos especialmente de enero de 1993, cuando una tormenta dejó muerte y devastación por falta de infraestructura pluvial. Los comités de Solidaridad fueron los primeros en actuar. Mientras la autoridad dudaba, el pueblo organizado respondía.
IV. Tensión y Legitimidad: Cuando el Pueblo No Se Rinde
En respuesta, el ayuntamiento panista intentó desmontar a Solidaridad y recuperar el control total. Pero la comunidad ya tenía voz propia. El segundo gobierno panista se topó con algo nuevo: organización, legitimidad, acción.
—“Tijuana va un paso adelante,” dijo Colosio. “Allá se está formando el ciudadano del mañana.”
No hablábamos de política en abstracto. Hablábamos de rostros: de mujeres exigiendo agua, de jóvenes pavimentando sus calles, de vecinos construyendo rampas y escaleras. De un pueblo que ya no aceptaba el rol de espectador.
V. Lecciones de Comunidad: El Antídoto al Paternalismo
Le compartí algo que aprendimos en las colonias: la gente desconfía del paternalismo, pero cuando se le respeta y se le da participación real, responde con fuerza.
Solidaridad había logrado algo impensable: que el pueblo hiciera suyo un programa. Que lo defendiera, lo dirigiera y lo usara como herramienta de transformación colectiva.
—“Eso incomoda,” concluyó Colosio. “Porque obliga a elevar el nivel de la política. Ya no basta el discurso. Hay que estar a la altura de la gente.”
VI. El Café, el Foro y El Último Saludo
Llegamos pasada la medianoche al hotel Las Rosas. Al amanecer, Colosio tomó café conmigo. “Con inteligencia, pero con firmeza,” me dijo, “hay que recuperar Baja California para un proyecto democrático y renovador.”
Lo llevé al foro ambiental. Terminó su participación, saludó a compañeros de SEDESOL y nos dirigimos al aeropuerto militar del Ciprés. Antes de abordar, Colosio saludó con particular afecto a Jesús Segura Ruiz, promotor social de Solidaridad en Ensenada. Su abrazo fue fraterno, sincero. Un gesto silencioso que hoy vale más que mil discursos.
Fue su último viaje a Baja California, antes de que lo asesinaran.
Epílogo: Cuando la Historia Acelera el Pulso
Meses después, el país se estremecería con el asesinato de Luis Donaldo en Lomas Taurinas. No fue solo una tragedia: fue una interrupción brutal a un proceso que, aunque imperfecto, estaba gestando una nueva relación entre poder y pueblo.
Ese trayecto en la Suburban, entre paisajes costeros y convicciones compartidas, sigue resonando. No era un acto de nostalgia. Era una conversación viva que aún nos interpela.
Quizá por eso recordar duele, pero también ilumina. Porque allí, entre palabras y silencios, se sembró una forma distinta de hacer política: con el oído en la calle, la mirada en la historia y el corazón puesto en el pueblo.

