«El lado oscuro de flotar: las enfermedades que acechan a los astronautas»
Por: Leticia A. Rivera Ju
Flotar parece un sueño: no hay peso, no hay caída, no hay esfuerzo. Sin embargo, en el espacio, cada día sin gravedad le cobra al cuerpo humano una factura silenciosa. Mientras los astronautas orbitan la Tierra a más de 28 000 km/h, algo en su interior se debilita, se reorganiza o se deteriora lentamente. El verdadero peligro del espacio no siempre está afuera, sino dentro del propio cuerpo.
La cuna de la vida
La vida en la Tierra no solo es abundante y diversa, sino profundamente arraigada a las condiciones que este planeta ofrece. Los ecosistemas marinos y terrestres sostienen formas de vida que, hasta ahora, no hemos logrado identificar más allá de nuestro mundo, ni siquiera con la mirada extendida de telescopios como el Hubble o el James Webb.
Entre todas estas condiciones, existe una fuerza silenciosa que ha acompañado a la vida desde su origen: la gravedad. En la Tierra, esta fuerza tiene un valor promedio de 1 G, equivalente a una aceleración de 9.8 metros por segundo al cuadrado (m/s²). Aunque rara vez pensamos en ella, la gravedad ha sido una arquitecta implacable: ha moldeado nuestros huesos, entrenado nuestros
músculos, regulado el funcionamiento del corazón y determinado la manera en que los fluidos se distribuyen dentro del cuerpo.
Hemos evolucionado bajo esta constante invisible durante millones de años. Por eso, cuando el ser humano abandona la Tierra y entra en el entorno de la microgravedad, no solo cambia el paisaje exterior: comienza una transformación profunda en el interior del cuerpo.
Cuando la Tierra deja de sostenernos
En la microgravedad o ausencia total de gravedad del espacio, el organismo entra en un territorio para el cual no fue diseñado. El cuerpo ya no necesita sostener su propio peso y, poco a poco, los sistemas que dependían de esa carga comienzan a modificarse. La adaptación es inevitable, pero no siempre es benévola.
Músculos y huesos: la arquitectura que se debilita
Uno de los primeros sistemas en resentir la ausencia de gravedad es el musculoesquelético. Sin la carga constante que ejerce el peso corporal, los músculos comienzan a atrofiarse, especialmente en las piernas y la espalda. Al mismo tiempo, los huesos dejan de recibir el estímulo mecánico que los mantiene fuertes, provocando una rápida pérdida de densidad ósea similar a la osteoporosis.
En cuestión de meses, un astronauta puede perder el equivalente a varios años de masa ósea terrestre. Esta pérdida no suele doler en el espacio, pero se vuelve evidente —y peligrosa— cuando el cuerpo debe volver a enfrentarse a la gravedad. El cuerpo se vuelve eficiente para flotar, pero torpe para caminar. Y eso es un problema cuando hay que regresar a casa.
El corazón flota, pero también se debilita
La microgravedad altera de forma significativa el sistema cardiovascular. Los fluidos corporales se redistribuyen hacia la parte superior del cuerpo, dando lugar al característico aspecto de “cara de luna”. Este desplazamiento engaña al organismo, que interpreta un falso exceso de sangre y reduce el esfuerzo del corazón.
Con el tiempo, el músculo cardíaco se debilita, los vasos sanguíneos pierden tono y disminuye la producción de glóbulos rojos, un fenómeno conocido como anemia espacial. Al regresar a la Tierra, muchos astronautas experimentan mareos, fatiga e incluso desmayos, como si el sistema circulatorio hubiera olvidado cómo trabajar contra la gravedad. El corazón se adapta al espacio, pero
esa adaptación se convierte en desventaja en la Tierra.
Cuando mirar se vuelve difícil
La cabeza tampoco escapa a los efectos de la microgravedad. La acumulación de fluidos incrementa la presión intracraneal y afecta al nervio óptico, provocando cambios en la forma del ojo y alteraciones visuales. Este conjunto de síntomas se conoce como síndrome neuroocular asociado a vuelos espaciales (SANS).
Algunos astronautas regresan con visión borrosa, dificultad para enfocar y alteraciones que pueden persistir durante años. Paradójicamente, observar el espacio puede dejar huellas permanentes en la forma en que vemos el mundo.
Un cuerpo congestionado en el vacío La redistribución de fluidos también afecta al sistema respiratorio. Muchos
astronautas describen una sensación constante de congestión nasal, similar a un resfriado persistente. La acumulación de líquidos en la cabeza puede provocar sinusitis severas y dificultades respiratorias, no por falta de oxígeno, sino por la
forma en que el cuerpo reorganiza sus líquidos en ausencia de gravedad.
Digestión, riñones y el precio del calcio perdido
El sistema gastrointestinal tampoco permanece intacto. En microgravedad, el movimiento normal del intestino se altera, lo que favorece la aparición de náuseas, estreñimiento y flatulencias, además, se han documentado infecciones bacterianas en el tracto gastrointestinal que parecen volverse más persistentes en el entorno espacial. A esto se suma un problema igualmente inquietante en los riñones: el calcio liberado por los huesos se excreta a través de la orina, incrementando el riesgo de formar cálculos renales.
De este modo, lo que el esqueleto pierde se transforma en un nuevo desafío para otro órgano, dejando al descubierto la profunda interconexión del cuerpo humano. La mente en órbita: cuando el aislamiento pesa más que la gravedad Si el cuerpo paga un precio por abandonar la Tierra, la mente paga otro, menos visible y más difícil de medir. El espacio no solo desafía al organismo; también pone a prueba a la psique humana.
Durante las misiones espaciales, los astronautas viven meses —e incluso más de un año— en entornos confinados, con rutinas estrictas, alta exigencia cognitiva y una separación casi absoluta de la Tierra. Esta combinación puede desencadenar ansiedad, depresión, irritabilidad y alteraciones del estado de ánimo, incluso en individuos altamente entrenados.
La alteración del ritmo circadiano agrava el problema: en la Estación Espacial Internacional, el Sol puede “salir” y “ponerse” hasta 16 veces al día, interfiriendo con la producción de melatonina y cortisol. El insomnio, la apatía y la dificultad para concentrarse son frecuentes. Mientras el cuerpo flota, la mente puede sentirse más pesada que nunca.
Dolor: la memoria física del regreso
Durante la misión, la columna vertebral se estira al no estar comprimida por la gravedad, causando dolor de espalda. Al volver a la Tierra, los pies —que pasaron meses sin soportar peso— pueden doler intensamente al reencontrarse con el suelo. Es el precio físico de recuperar la verticalidad.
Radiación: el enemigo invisible
Fuera de la protección de la atmósfera y del campo magnético terrestre, los astronautas están expuestos a niveles de radiación de 200 a 400 mSv por año, muy superiores a la exposición promedio en la Tierra, que es de aproximadamente
2.4 mSv anuales. Estas partículas altamente energéticas atraviesan tejidos y células, dañando el ADN y aumentando el riesgo de cáncer a largo plazo. No es un daño inmediato ni visible, pero se acumula silenciosamente con cada día en el espacio.
Defensas debilitadas y genes alterados.
La radiación y el estrés del entorno espacial afectan al sistema inmunológico, debilitando las defensas y permitiendo la reactivación de virus latentes como el herpes o la varicela. Además, se han observado cambios en la expresión genética y signos de envejecimiento celular acelerado. Aunque algunos efectos son parcialmente reversibles, sus consecuencias a largo plazo aún se
investigan.
Lo inesperado también viaja al espacio
Más allá de los grandes riesgos, los astronautas enfrentan problemas aparentemente menores: trastornos del sueño, arritmias cardíacas, reacciones cutáneas y, en raros casos, emergencias médicas como apendicitis o cálculos uretrales, que deben resolverse a cientos de kilómetros de cualquier hospital.
Más allá de la órbita
El ser humano ha aprendido a sobrevivir fuera de su planeta, pero no sin consecuencias. Cada misión espacial es también un experimento biológico, psicológico y genético. La pregunta ya no es si podemos vivir en el espacio, sino cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a sacrificar para quedarnos allí.
Una pregunta que mira hacia el futuro., Explorar el espacio nos permite comprender el universo, pero también nos enfrenta a nuestros propios límites. Cada astronauta que abandona la Tierra lleva consigo un cuerpo y una mente moldeados por millones de años bajo una gravedad constante, un cielo protector y una biología profundamente terrestre.
En la microgravedad, el organismo se adapta, resiste y paga un precio. Huesos que se debilitan, corazones que olvidan su fuerza, ojos que ya no ven igual y mentes que luchan contra el silencio, el aislamiento y la distancia. Mientras soñamos con colonias lunares y viajes a Marte, una verdad permanece clara: el ser humano aún no pertenece al espacio. Quizá necesitemos generaciones para adaptarnos, o naves capaces de recrear artificialmente aquello que la Tierra nos dio sin que lo notáramos: la gravedad.
Hasta entonces, cada misión será un recordatorio de nuestra fragilidad.
Porque al mirar hacia las estrellas no solo exploramos otros mundos: también confirmamos cuán profundamente humanos seguimos siendo.
¿Y tú curiosidad, te sorprendió hoy?
Correo: lriveraju984@gmail.com
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